Amargada dicen. Pues quizás. Cómo no serlo cuando, a la tenue luz de una fogata ves a tu lado a los prisioneros, y aún más al ver en tus manos las mismas esposas que en sus muñecas que te atan al muro de la oscura cueva junto a ellos.
A veces desearía cerrar los ojos y poder fundirme con los demás. Después pienso "¿Cómo ellos?" Horror. Nunca como ellos. Los odio. Los detesto. Y sin embargo, tampoco me gusto por ser distinta al resto de prisioneros.
Y así, camino entre la gente y, aunque a veces lo haga con ella, sola estoy siempre.
Amargada dicen. Tal vez, es posible.
N del A: Microrrelato reflexivo que surgió cuando en clase de filosofía dimos el Mito de la Caverna.



2 comentarios:
Aunque tus manos estén esposadas,la mente es libre de ser única y no sujeta a lo que los demás piensen.
No merece la pena formar parte de un gris rebaño de convecionalismos, porque a pesar de te sientes sol@, no lo estarás por lo rico y diferente de tu esencia.
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