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miércoles 1 de julio de 2009
¿Por qué las pelusas no son consideradas seres vivos?
miércoles 27 de mayo de 2009
La experiencia
martes 26 de mayo de 2009
El progreso
sábado 16 de mayo de 2009
Lluvia
La lluvia es tan…
cálida. Baja
suavemente del cielo,
cantando y
te arropa
con su húmedo
manto:
Estoy aquí,
no estás solo.
Tras tu ventana posa
su mano
en el vidrio y
te invita
a su deleite.
Ven,
ven conmigo,
cantemos
bajo el estrellado cielo.
Y mientras caminas
por la calle, ella
juega contigo,
y se ríe
con cada chapoteo
de tus pasos.
Y va seduciéndote,
con sus suaves
caricias. Y si
la miras
a los ojos,
te cogerá el rostro
delicadamente
y te besará
la frente con
sus húmedos
labios.
Vamos,
ven, corramos
juntos por el
rociado campo.
Dividida
Y cuando quise darme cuenta estaba rodeada: un apretado corsé me cercaba el pecho y en cada mano, las riendas de dos corceles, uno negro y otro blanco. Cada uno tira para un lado, pero yo no puedo soltarlos, están atados a mi corsé.
Agarré fuertemente los ramales e intenté dirigir a los caballos, avanzando lentamente, a trompicones. Sin embargo, eran tan fuertes que me desequilibraban.
Traté de respirar, pero el aire no bajaba de mi garganta. Quería sentarme, encogerme, sólo por descansar al margen de todo, pero el corsé me lo impedía. Y grité. Grité con todas mis fuerzas. El aire que al fin conseguí reunir salió de mi boca en forma de un leve quejido que quedó ahogado por el relinchar de los caballos.
Y entonces lo oí, lo noté. Lo sentí bajo el ruido de los cascos: primero fue una punzada, continuó con una pequeña cisura, y luego los caballos salieron corriendo, en direcciones contrarias, perdiéndose en el vacío.
Y yo me quedé allí, tirada en el suelo; medio desorientada y medio aturdida, sin aliento ya y sin nada que me arrastrara a ningún sitio ni a ninguna parte. Sólo aquel sucio corsé ahogándome…


